Murió mi PADRE y asimilarlo ha sido MÁS DIFÍCIL de lo que pensé


Lo que más me duele es que mi papá tenía muchas ganas de seguir viviendo. Pero entiendo que la vida es así; no está hecha de deseos. Es dura, es cruel, está construida con pesadas lozas de realidad. Lo supe de la peor manera. No tanto por la muerte de mi padre, sino porque, cuando estaba en el hospital, sudando y adolorido como nunca en su vida, yo lo veía y, por primera vez en veinte años, oré y lo hice por él. Pedía a dios y a mi madre en el cielo elo, a San Benito en quien tanto creía mi viejo, que si se tenía que morir se muriera pero que, por favor, no sufriera así. Pero sufrió. Y sufrió de una manera horrible. Sus gritos se escuchaban en todo el piso de cirugía. Me gritaba a mí. “¡Ayúdame, hijo, ayúdame por tu madre!”, me clamaba. Aullaba. Y sus desgarros retumbaron los falsos muros del cuarto, hasta que su corazón hizo un silencio eterno. No hubo ángel que escuchara mi plegaria. Yo no pedía un milagro, solo un poco de misericordia… ¿Y? La vida es así, dije: un lento cadalso, desolado y sin méritos. ¿Qué importaron mis súplicas? ¿De qué valieron mis ruegos? Mi papá fue ultimado por la fría inclemencia de los hechos.

De no haber atravesado ese horror, tendría un mejor recuerdo de mi padre en vida. Siempre admiré su afabilidad. El viejo se paseaba por el barrio como una reina de primavera, saludando a una, dos, tres o más personas en cada esquina. Siempre encontraba un pretexto para cotorrear. Iba por pollo y se hacía amigo de la pollera. Iba por una torta y, a la vuelta, el tortero ya era su valedorcito. O sea, el viejo se murió dejando su auto descompuesto y el mecánico se quedó esperando su permiso para abrir el coche y no lo abrió “porque eso no se le hace a los amigos”. Eso significa que todo en él se hizo cenizas excepto la estela de su buen carácter. De tal carisma, tan grande como su nobleza, puedo escribir varios cuentos. De hecho, estaba tejiendo uno antes de llevarlo al hospital y, ahora, no sé cómo terminarlo sin deshacerme en lágrimas. Por eso creo que él merecía una mejor muerte y yo un mejor último recuerdo. Sus gritos me taladran la cabeza. A veces, cuando estoy lavando trastes o sirviéndome un café, oigo de nuevo sus estertores y mi quijada comienza a temblar mientras ahogo mis propis plegarias: ¡Perdóname papá, perdóname! ¡Yo no podía hacer nada! ¡Los doctores tenían que intervenirte! ¡Yo no te maté! ¡Yo no te maté!… De repente, cesa la convulsión, cuando el filo del recuerdo sale de mi mente. Nadie mató a mi padre; no fueron los médicos; no fui yo; no fue ese peligroso cateterismo, previo a la terapia intensiva. Fue esa infernal pancreatitis, el choque séptico y la maldita colangitis, triada asesina que con crueldad lo tendió bajo una sábana blanca.

Es muy tarde para arrepentirme de escribir esto. Necesito publicarlo. Necesito drenar mi dolor. Pronto vendrán mejores recuerdos y me colmarán el alma como el agua tibia del gran río de Tolantongo en el cual nos bañamos felices, hace tres años, apenas. Pronto escribiré menos de su deceso y más acerca de que él era el hombre más noble y fuerte que he conocido. Solo digo y reclamo que no merecíamos este final. Demando a la vida la restitución del proceso. Pero, qué va, la vida no es de merecer. La vida, es; sin remedio, es. Ocurre. Ahí vamos cargando nuestros amuletos, con un rosario de decretos, tan crédulos, aferrados a los milagros del universo, hasta que la muerte con todo su poder nos humilla poniéndonos de rodillas contra el piso. Y en un último acto de autoridad, nos obliga a verle directo a la cara, entra a nuestra casa y nos fuerza a lidiar con su presencia por el resto de nuestros días, si podemos. No es que en este punto sufra la compañía de la parca. Se llevó a mi madre hace dos años y, ahora, a mi viejo. Pude llorar sobre la cuerpo frío de ambos. Entonces, se puede decir que ya nos conocemos. Reconozco su volubilidad. Sobre el alma de mi mamá deslizó un delicado soplo y sobre la de mi papá blandió una sierra oxidada. Por eso, reconozco, no me duelen igual. Mientras agradezco la plácida muerte de mi madre, sigo pensando, carajo, mi pobre viejo merecía algo mejor. Pero vuelvo y puedo oír las cortas carcajadas del óbito. La vida no es de merecer. Mucho menos la muerte.

#MeToo y el silencio de los hombres


Es por lo menos cobarde que los hombres permanezcamos exentos de los debates del movimiento feminista en torno a la iniciativa #MeToo. Por supuesto, no debemos, ni necesitamos, situarnos al centro de la discusión entre teóricas y activistas, francesas y americanas, actrices y combatientes; me refiero, más bien, a asumir nuestra responsabilidad. Porque una vez más, las mujeres están discutiendo algo que deberíamos estar discutiendo nosotros, algo que deberíamos solucionar nosotros, por lo cual no tendría que existir este debate: nuestra propia misoginia.

El machismo es un asunto de hombres y debemos solucionarlo los hombres, no las mujeres. Nosotros sabemos que no hay diferencia entre el acoso y el piropo, entre intentar besar a una mujer en un bar o en la oficina, siendo el jefe; nosotros bien sabemos que el fondo de un chiste machista es el mismo que agarrarle el trasero en el metro a una mujer: nos aprovechamos del poder que la historia nos ha dado sobre las mujeres y cada acción, consciente o inconsciente, refleja esa inercia. Ningún hombre puede llamarse inocente, bien-intencionado, mucho menos víctima. Si intentamos pasar por encima de una mujer en cualquier nivel, es gracias a lo que hemos aprendido de otros hombres: el padre, el tio, el abuelo, el maestro de la escuela. Si lo hacemos, es porque podemos.

Hace unos días hablaba con un colega que, indignado, me contó que una alumna lo había denunciado ante el grupo y las autoridades escolares porque éste había dicho en clase que, antes de abortar “la niña debía aprender a cerrar las piernas”. La muchacha se defendió y le dijo, ciertamente con limitaciones argumentativas, que lo que estaba diciendo el maestro era discriminatorio. No pudo expresarlo adecuadamente, pero tenía claro que lo dicho por el tipo era incorrecto, porque desde la posición de poder otorgada por su cargo, un hombre se erigía como juzgador de la vida sexual de esta muchacha. Pero no, el mentado profesor se dijo perseguido por expresar “su punto de vista”.

¿Y cual es ese punto de vista? El que le da su posición como hombre, nada más, nada menos. Enseñó Jacques Lacan que es más importante el lugar desde donde se dicen las cosas, que lo que se dice en sí. Para fines de análisis, lo dicho por este profesor –ciertamente misógino–, lo que motiva su indignación y su ignorancia, es el reflejo del poder que la cultura machista le ha dado a los hombres. “¿O tú qué opinas?”, me preguntaba éste en el momento de contarme lo que llamó “incidente”. Lo que le respondí es irrelevante; basta decir que dejó de hablarme. Porque los hombres buscamos el apoyo de otros hombres al momento de intentar pasar contra una mujer. Y no nos puede tanto el error, como la vergüenza de pasar como idiotas. Por eso el silencio, por eso es mejor no hablar de nuestro machismo y por eso la necesidad de romperlo.

¿Aún tenemos patria?


Schopenhauer estimó que la existencia humana está destinada al pesimismo en tanto que no somos capaces de percibir la esencia de las cosas, donde reside la belleza. Por eso, naufragamos en vida y damos tumbos en las paredes de la violencia, la corrupción y la enfermedad.

Si este filósofo alemán hubiese vivido en México comprobaría que su argumento no sólo tiene un efecto personal, sino que bien aplica a la sociedad. Si como individuos no tenemos remedio, como colectivo somos el acumulado de fracasos humanos. La rueda de la historia, en nuestro caso, parece girar en sentido contrario.

De tal manera, el gobierno es producto de lo que en sociedad hemos construido. Hemos permitido el ascenso al poder de un grupúsculo de ejemplos nítidos de nuestra derrota cultural. Es nuestro espejo vuelto puntas afiladas que nos acribillan cada vez, y sólo nos depara la destrucción.

¿Es posible ser optimista, a pesar de esto? Confieso que mi primera respuesta es No. Aunque quizá sean los recientes casos de espionaje de Estado; la imparable violencia; el dramático aumento de la pobreza; que dos tercios de la riqueza nacional está en poder del 10% de la población; o fue eso que vimos el domingo pasado en Tabasco, donde la gente saqueó un camión de mariscos que se volteó en la carretera, robó la llanta de refacción y se robó el dinero del conductor, sin importar que éste yaciera muerto justo al lado de donde se cometía tal acto grotesco de rapiña.

Pensándolo mejor, puede que sí tengamos esperanza si recuerdo que no se puede juzgar a un país de casi 130 millones de habitantes por lo que hicieron un grupo de ellos, o lo que hacen otros tantos de millones más, de manera similar, quebrantando cualquier código moral y de ética, como en una película de horror.

No es que “los buenos” seamos más. Eso no existe. Casi todos nos quebramos éticamente en algún momento, o corremos el riesgo de hacerlo. En cambio, hay otros que son todo un ejemplo de dignidad. El doctor Ernesto, por ejemplo. Salió de Oaxaca y se fue a los límites de Veracruz e Hidalgo porque “ahi todavía se puede hacer algo” por el país.

Por eso, en honor a quienes, pese a todo y contra todo, siguen dando la batalla por un México mejor, prefiero pensar que aún tenemos salvación. ¿Qué no dice el refrán que al mal tiempo, buena cara? De tal modo quiero decirles a todas esas personas que en este país aún están haciendo algo por mejorarlo: por favor, no se rindan. Los cínicos puede que ya no tengamos remedio; pese a eso, créanme, ustedes no dejen de intentarlo. Vuélvanos la cara y digannos lo que el prócer chileno Manuel Rodríguez pronunció: Aún tenemos patria, ciudadanos.

Estoy dispuesto a morir


Arthur Schopenhauer creía que los seres humanos no somos capaces de conocer la esencia de la naturaleza, tal cual la describió otro filósofo alemán, Immanuel Kant. Y dentro de la infinidad de ideas y materia que le componen, pienso que nada hay más natural que la muerte. Irónicamente, sólo descubrimos el núcleo de su devenir en un estado que nos imposibilita la capacidad de compartir con el otro y la otra la composición misma de la muerte porque, claro, estamos muertos ya. Fatalidad. Doble fatalidad. Sin embargo, estoy seguro que las personas logramos acercarnos a un breve girón del fallecimiento, al menos, una vez mientras vivimos. Al menos en una ocasión sentimos de cerca los pasos de la parca. Ahí que cobra sentido otra declaración del buen ‘Schopi’: la muerte como representación, sí puede ser apreciada por nosotros y nosotras si, y sólo si, no la sometemos a la razón. Es decir, la “aprehendemos”, la hacemos nuestra sin franjas racionales. Si hacemos de lado eso que el filósofo llamó “la individualidad del sujeto cognosciente”. La sentimos. Tal cual. A mí me pasó. Seguir leyendo “Estoy dispuesto a morir”