Los bombardeos del Ejército de Estados Unidos sobre Venezuela del sábado tres de enero, ocurrieron en un contexto en el cual la imagen de Donald Trump está por los suelos.
De acuerdo con Economist/YouGov, sólo el 39 por ciento de la población estadounidense lo aprueba, en tanto que el 56 por ciento lo repudia, según una actualización de datos al 6 de enero.
En buena medida, la mala imagen del presidente se debe a su relación con el pedófilo Jeffrey Epstein y el pésimo manejo que ha hecho del caso, negándolo todo y tratando de esconder el lodazal de archivos que lo hunden hasta el cuello.
En parte, eso explica sus malos números y algunos de los motivos por los cuales el pueblo de EE.UU. considera que Donald es un mal político. ¿Y lo es? Pienso que no del todo.
Me explico: La gente experta en imagen pública, aconseja que no hay nada para componer una mala reputación que actuar exactamente al contrario de la forma se considera problemática.
¿Y no hizo eso Trump en Caracas?
Trump cambió su vieja afición de secuestrar menores de edad, por la de secuestrar hombres de edad avanzada con bigote tupido.
Pero hay cosas que no cambian.
Raptar niñas y abusarlas es ilegal. Bombardear un país y secuestrar a su presidente también es ilegal. Eso lo sabe cualquiera. ¿Pero lo sabe Trump?
¿Qué conoce el presidente sobre legalidad? Vamos, el hombre fue condenado por fraude y acoso; además, le hicieron juicio y salió culpable de incentivar un asalto a la Casa Blanca. De verdad, yo pregunto: ¿Alguien así podría tener noción sobre las leyes?
Pienso, a su favor, que todo esto no es del todo su culpa. Puede ser que nadie nunca le enseñó al niño Donald la diferencia entre el bien y el mal; que en esta vida hay cosas buenas y cosas malas; y que hay otras realmente malas, sin importar que te gusten mucho. Abusar de niñas o tirar bombas, bien podrían ser un ejemplo. Otro ejemplo es su peinado. Obviamente nadie le ha dicho que su corte de pelo es asqueroso. Entonces, ¿cómo podría saberlo?
Bueno, ya en serio.
Claro que el tipo sabe perfectamente lo que está haciendo. Podría ser un pedófilo, criminal de guerra, adicto a la comida chatarra, defraudador, criminal de guerra, tener pésimo gusto, violador, ladrón, horrible bailarín, sádico, acosador sexual, paranoico y, con seguridad, uno de los peores presidentes en la historia de Estados Unidos, pero algo también es cierto: idiota, no es.
Insisto en que él sabe muy bien lo que hace cuando secuestra, bombardea, amenaza, abusa, manipula o defrauda. Lo que pasa es que no siente culpa de hacerlo. Es lo que la medicina psiquiátrica llama: narcisista patológico. O sea, es un hombre enfermo de sí mismo.
Ahora bien, es una enfermedad rara, porque mata a un montón de inocentes a su alrededor, mientras que, al verdadero culpable, lo mantiene vivo.
Tragedia del mundo.
Faltan dos años para que se vaya el actual ocupante de la Casa Blanca. Dos años en los cuales aún puede arrojar muchas bombas más, repletas de democracia.
¿Cuál será el próximo territorio intervenido? ¿Groenlandia, Colombia, México?
¿A qué presidente o presidenta se le inventarán cargos de narcoterrorismo satánico o de gobernar sobre la “gente más fea” para ultraje de los viejos ojos azules de ‘Don’?
No lo sabemos.
¿Y no es esto lo emocionante?
El hemisferio occidental se convirtió en un casino: no sabemos donde caerán las fichas. ¿Quién perderá ahora? ¿Quién será llamado dictador y narcotraficante? Uf, puedo sentir los escalofríos recorriéndome el espinazo.
No sé cómo podíamos vivir en esa aburrida estabilidad previa a la Doctrina Monroe, hoy rebautizada como «Doctrina Donroe» en honor al presidente que la revivió en pleno 2026 (si es que alguna vez dejó de estar vigente).
Aunque estos tiempos no son líquidos del todo. Ahora, cada año sabremos que, entre las personas candidatas al Premio Nobel de la Paz, se encuentra nuestro próximo gran tirano.
[Artículo publicado originalmente en Hispanic LA]

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